EL QUIJOTE 2010 - POR LA PATRIA - NOTICIAS - VIDEOS - PPS
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6 de Septiembre de 2012
Benedicto XVI:
El Apocalipsis nos muestra una comunidad unida en oración

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Ciudad del Vaticano (AICA): Benedicto XVI reanudó las audiencias generales en el Vaticano, después de haberlas celebrado a lo largo del verano en Castelgandolfo. El Papa habló en el Aula Pablo VI de la oración en el libro del Apocalipsis que “nos pone en contacto con la plegaria viva y palpitante de la asamblea cristiana reunida ´en el día del Señor´”. En este libro, dijo el Santo Padre, “difícil pero que contiene una gran riqueza” un lector presenta a la asamblea un mensaje confiado por Dios al evangelista Juan- “Del diálogo constante entre ambos resuena una sinfonía de oración que se extiende con gran variedad de formas hasta la conclusión”.
La primera parte del Apocalipsis nos presenta tres fases sucesivas de la asamblea que ora. La primera de ellas pone de relieve que “nuestra oración es ante todo escucha de Dios que nos habla. Sumergidos por tantas palabras, estamos poco acostumbrados a escuchar, sobre todo a ponernos en la disposición interior y exterior del silencio para estar atentos a lo que Dios nos dice.
Los versículos nos enseñan, además, que nuestra oración, a menudo sólo de petición, debe ser ante todo de alabanza a Dios por su amor, por el don de Jesucristo, que nos da fuerza, esperanza y salvación. Dios, que se revela como el principio y la conclusión de la historia, acoge la súplica de la asamblea y se interesa por ella”.
También en esta fase hay otro elemento importante: “La oración constante despierta en nosotros el sentido de la presencia del Señor en nuestra vida y en la historia; su presencia nos sostiene y nos da una gran esperanza. Por otra parte, toda oración, incluso aquella en la soledad más radical, no es nunca aislada ni estéril; es la linfa vital para alimentar una existencia cristiana cada vez más comprometida y coherente”.
En la segunda fase de la oración de la asamblea “se profundiza la relación con Jesucristo: el Señor se muestra, habla, actúa y la comunidad cada vez más cercana a Él, escucha, reacciona y acoge”.
En la tercera, “la Iglesia orante, recibiendo la Palabra del Señor, se transforma” y “la asamblea recibe aliento para el arrepentimiento, la conversión, la perseverancia, el crecimiento en el amor y la orientación para el camino”.
“El Apocalipsis -finalizó Benedicto XVI- nos presenta una comunidad reunida en oración, porque es efectivamente en la oración donde advertimos de forma cada vez más acentuada la presencia de Jesús con nosotros y en nosotros. Cuanto más y mejor rezamos con constancia e intensidad, más nos asimilamos a Él y Él entra verdaderamente en nuestra vida y la orienta, dándole alegría y paz. Y cuanto más conocemos, amamos y seguimos a Jesús, más sentimos la necesidad de detenernos para rezar con Él, recibiendo serenidad, esperanza y fuerza en nuestra vida”. +
Fuente: ACI

4 de Septiembre de 2012
El programa del pontificado de San Pío X
(3 de Septiembre, fiesta de San Pío X, Papa)

Pío X, “grande entre los más grandes Papas de la Iglesia católica”, comprendió inmediatamente la hora presente y en rápida síntesis, profundizó todas las necesidades del momento.
Su primera encíclica es del 4 de octubre de 1903; en ella trataba las líneas fundamentales, sencillas y claras, de su Pontificado: “Instaurare omnia in Christo”; el mismo programa de la “plenitud de los tiempos”, el mismo e idéntico programa que él, hombre de acción rígidamente rectilínea, había vivido y llevado a cabo en todos los días como una gran batalla de fe y meta suprema de una continua afirmación, de la cual no se había apartado ni un sólo momento.
Para los hombres de intereses humanos era una palabra nueva, pero para Pío X tenía ya 20 siglos. Reconducir a la humanidad bajo el imperio de Cristo. Una tarea grandiosa.
Mas antes de que esta promesa de restaurar todas las cosas en Cristo floreciese en maravillosa primavera de alma, llegando asta los rincones más lejanos del mundo católico, dolores y amarguras inexpresables iban a estrechar, como una inmensa corona de espinas, el corazón del Papa que con firme intuición y gallardía de atleta se disponía a enfrentarse a problemas y acontecimientos con los que nadie antes que él se había enfrentado y ni siquiera había osado superar.
Y las amarguras y los dolores venían de lejos y de cerca, del Ecuador, de México, de Rusia y Portugal, de Alemania, de España, Francia y hasta de Italia, último baluarte del mundo latino.
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Siendo Patriarca de Venecia, el 9 de agosto de 1879, en el XIX Congreso Eucarístico, había proclamado fuerte con solemne elocuencia los soberanos derechos de Cristo:
“Jesucristo es Rey y Rey supremo, y como Rey debe ser honrado. Su pensamiento debe estar en nuestras inteligencias; su moral en nuestras costumbres; su caridad en las instituciones; su justicia en las leyes; su acción en la historia; su culto en la religión; su vida en nuestra vida”.
Él sabía bien que la salvación de los individuos y de las naciones estaba únicamente en la práctica positiva de la doctrina del Maestro Divino: la doctrina que supera a todos los tiempos y domina a todas las edades.
Por consiguiente, la ciencia y la civilización, la cultura y la política, el derecho y la moral, el estado y la familia, la sociología y la escuela, la vida pública y la vida privada, en todas sus múltiples manifestaciones, debían inspirarse no en las hábiles artes de una diplomacia inteligente o en éxitos de la pequeñez humana, sino en las enseñanzas inmutables del Evangelio, en la vida cristiana entendida en toda su amplitud y en toda su profundidad: la vida que un día devolverá a Cristo su Reino, el reino que está en el Sermón de la Montaña, y no en las transacciones de aquí abajo.
Por eso, al anunciar Pío X su Pontificado al mundo, escribía así:
“Ante la sociedad humana sólo queremos ser Ministro de Dios, de cuya autoridad somos depositarios. Los intereses de Dios serán nuestros intereses, por los cuales estamos decididos a desgastar todas nuestras fuerzas y hasta la vida misma, y si alguno nos pidiese una consigna, como expresión de nuestra decidida voluntad, siempre daremos ésta y no otra: Restaurar todas las cosas en Cristo, para que Cristo sea todo en todos. Arrancados el enorme crimen de la apostasía de todo orden sobrenatural, tan propia de nuestro tiempo, en la que la sociedad ha caído, hay que devolver el honor debido a las leyes santísimas y a los consejos del Evangelio; afirmar la verdad y la doctrina de la Iglesia acerca de la santidad del matrimonio cristiano, la educación de la juventud, la posesión y el uso de los bienes, los deberes hacia quienes llevan las riendas del gobierno, hay que restituir el equilibrio entre las diversas clases sociales según las normas de las prescripciones y de las costumbres cristianas.”
Y para que no pudiese surgir duda alguna acerca de la orientación de su Pontificado, y para que nadie pudiese hacerse ilusiones o pretender equívocos acerca de sus intenciones, no titubeó en aclarar y concretar todavía con mayor precisión su programa en el primer Consistorio del 9 de noviembre siguiente:
“Misión sublime la nuestra, porque se trata de algo que, sobrepasando estos efímeros bienes de la tierra, se extiende hasta la eternidad, abraza a todas las naciones y estimula nuestra solicitud hacia todos los hombres, por los cuales Cristo murió. ‘Restaurar todas las cosas en Cristo’. Este es nuestro programa, como ya lo hemos anunciado. Y puesto que Cristo es la verdad, nuestro primer deber será, ante todo, enseñar, proclamar y defender la verdad y la ley de Cristo. De ahí el deber de ilustrar y de confirmar los principios de la verdad natural y sobrenatural, que con tanta frecuencia en nuestros días, vemos, por desgracia, oscurecidos y olvidados; consolidar los principios de dependencia, de autoridad, de justicia y de equidad, que hoy día son conculcados; orientar a todos según las normas de la moralidad, también en los asuntos sociales y políticos; a todos, decimos, tanto a los que obedecen como a los que mandan.
Sabemos muy bien que chocaremos con no pocos, que dirán que nos ocupamos necesariamente de política. Pero cualquier juez imparcial de las cosas puede ver que el Sumo Pontífice, investido de Dios del Supremo Magisterio, no puede en absoluto separar las cosas que pertenecen a la fe y a las costumbres de las cosas de la política. Siendo, además, cabeza y primer Magistrado de la sociedad de la Iglesia, es necesario que con los jefes de las naciones y con las autoridades civiles tenga mutuas relaciones, si es que quiere que en cualquier parte donde haya católicos se provea a su seguridad y libertad, sin olvidar que, presididos por la fe, nuestro deber apostólico también es el de confutar y rechazar los principios de la filosofía moderna y del derecho civil, que hoy día están llevando el curso de las cosas humana allá a donde no permiten las prescripciones de la Ley eterna. En este punto, nuestra conducta, lejos de oponerse al progreso de la humanidad, no hará más que impedir que se precipite a la ruina total.”
Eran graves estos presupuestos con los que el Papa, que había sido Párroco y Obispo, arrancaba su Pontificado, en una hora en la que entre tantos partidos en que estaban divididos los hombres, faltaba el mejor de los partidos: el “partido de Dios”. No ignoraba que el Pontífice que quería restaurar todas las cosas en Cristo no podía retroceder ante ningún obstáculo, ni dejarse impresionar por objeciones o críticas; no debía temer ante los desprecios o las incomprensiones, no tomar en cuenta las amenazas, ni actitudes discordantes, siquiera fueran de jefes de estado o de gobierno, sino dominando con la fortaleza de Dios todos los acontecimientos, incluso los más arduos, debía seguir adelante impertérrito hasta llegar a la meta, dispuesto a quebrantar con mano de hierro la audacia de cualquiera que intentase deformar la divina fisonomía de la Iglesia.
“La victoria será siempre de Dios –había dicho poco antes de su primera Encíclica-, y la derrota del hombre que se atreve a oponerse a Dios nunca estará más cercana que cuando en medio del entusiasmo del triunfo se levanta con mayor audacia.”
A los 68 años de edad, Pío X era todavía un hombre robusto, lleno de vigor y de vida, con una entera seguridad en la existencia de Dios y en la eterna juventud comunicada por Cristo a su Iglesia. No había frecuentado la escuela de diplomacia, pero tenía la diplomacia de la experiencia, poseía la ciencia de los hechos, porque había escrutado al mundo desde la cima de muchos observatorios y había dominado el horizonte que había ido ensanchándose cada vez más.
Conocía a fondo la diplomacia del Evangelio que trastoca todas las viejas y las nuevas diplomacias del mundo: tenía fuerza de carácter, un corazón firme y una voluntad que vibraba al rito profundo de una segura precisión de juicio, con la fuerza de una fe viva, ardiente, inconfundible.
Así, mirando serenamente hacia la frontera de la eternidad, dirigiendo el alto pensamiento y la acción fecunda a la restauración de todas las cosas en Cristo, con indomable firmeza empezó su Pontificado, que si bien en la complejidad de las vicisitudes durante sus 11 años sintió más de una vez la amarga soledad de Getsemaní, también tuvo la luz refulgente que brotó de las tinieblas del Calvario cuando Cristo, muriendo, destruía la muerte, y, resucitando, renovaba la vida.
Girolamo Dal-Gal, “Pio X, el Papa Santo”.

3 de Septiembre de 2012
Mons. Víctor Sequeiros
es el nuevo Rector del Seminario Diocesano


Mons. Víctor Sequeiros asumió como nuevo Rector del Seminario Mayor San José de la Diócesis de Ciudad del Este, en reemplazo de Mons. Dominic Carey, quien estuvo al frente de la Institución durante tres años. El nuevo Rector fue designado por S.E.R. Mons. Rogelio Livieres, Obispo de Ciudad del Este, por Decreto Episcopal N. 72/2012.
Desde noviembre de 2010, Mons. Víctor Sequeiros, miembro del Instituto del Verbo Encarnado,comenzó a trabajar en el Seminario Diocesano como formador y Director de Estudios de la citada institución, además de ocuparse de la Vicaría para la Cultura de la Diócesis de Ciudad del Este.
El Rector saliente, Mons. Dominic Carey, estuvo durante tres años como Rector del Seminario Mayor San José. Durante ese periodo sirvió con ímpetu y esmero a la institución y colaboró de forma directa con el Obispo Diocesano en la formación de los futuros sacerdotes de la Diócesis. El Obispo lo ha nombrado ahora párroco de Nuestra Señora de los Ángeles. Continuará también con su función de Vicario Episcopal para la Liturgia, y como formador y profesor del Seminario Mayor.
Mons. Víctor Sequeiros fue ordenado sacerdote el 15 de diciembre de 2005 por Su Eminencia Mons. Theodore McCarrick, Cardenal Arzobispo de Washington. Mons. Víctor Sequeiros es Doctor en Letras y Licenciado en Literatura Francesa (UNLP). En el mes de junio del 2011 defendió oralmente su tesis sobre “Non omnis moriar” (La inmortalidad del alma en Horacio). La misma se realizó en la Universidad Nacional de Cuyo. Mons. Víctor obtuvo una puntuación sobresaliente en su tesis, recibiendo por tal desempeño nota 10 con mención de honor. El nuevo Rector tiene una especialización en latín y griego, además de ser autor de numerosos artículos y comunicaciones.
Nómina de las autoridades del Seminario Diocesano
Rector
Pbro. Dr. Víctor Sequeiros IVE
Vicerrector
Pbro. Walter Collar
Vicerrector
Pbro. Sebastián Frías
Director de Estudios
Pbro. Bernardo Molina
Formadores
Pbro. Lic. Francisco Velázquez
Pbro. Dr. Dominic Carey
Pbro. Lic. Kevin Lieberman
Pbro. Bernardo Molina
Pbro. Antonio Ortigoza
Pbro. Cesar Velastiqui
Directores Espirituales
Pbro. Lic. Silvestre Müller OAR
Pbro. Daniel García IVE
Confesores
Pbro. Dr. Luis Aguirre
Pbro. Dr. Alejandro Álvarez Campos
 


1° de Septiembre de 2012
La apuesta del Papa para promover el latín
Benedicto XVI publicará un “motu proprio” para instituir la Pontificia Academia Latinitatis. En el Vaticano se traduce «dirección de correo electrónico» con «inscriptio cursus electronici»
«Foveatur lingua latina». El Papa Ratzinger pretende que aumente el conocimiento de la lengua de Cicerón, de Agustín y de Erasmo de Rotterdam en el ámbito de la Iglesia, pero también en la sociedad civil y en la escuela, por lo que está por publicar un “motu proprio” en el que se instituye la nueva Pontificia Academia Latinitatis. Hasta ahora, la que se ocupaba de mantener vivo el latín era la fundación “Latinitas”, que se encuentra bajo la tutela de la Secretaría de Estado y que desaparecerá: además de publicar la omónima revista y de organizar el concurso internacional “Certamen Vaticanum” de poesía y prosa latina, esta fundación se ha ocupado de traducir al latín un enorme corpus de términos modernos.
La inminente institución de la nueva Academia Pontificia, que se añadirá a las once ya existentes (entre las que están las más famosas, dedicadas a las ciencias y a la vida) fue confirmada en una carta que el cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del Pontificio Consejo de la Cultura, envió a don Romano Nicolini, un sacerdote de Rímini comprometido con que vuelva a las escuelas secundarias italianas la clase de latín. Ravasi recordó que la iniciativa de la Academia es un deseo «del Santo Padre» y que será promovida por le dicasterio vaticano que se ocupa de la cultura: formarán parte de ella «eminentes estudiosos de diferentes nacionalidades, con la finalidad de promover el uso y el conocimiento de la lengua latina, tanto en el ámbito eclesiástico como en el ámbito civil y, por lo tanto, escolar». Una forma para responder, concluye el cardenal en su carta, «a numerosas peticiones que nos llegan desde diferentes partes del mundo».
Han pasado 50 años desde que Juan XXIII, en el umbral del Concilio, promulgó la constitución apostólica “Veterum sapientia” para definir al latín como lengua inmutable de la Iglesia y subrayar su importancia, por lo que pedía a las escuelas y universidades católicas que lo volvieran a incluir en el caso de que lo hubieran cancelado o reducido en los programas escolares. El Vaticano II habría establecido que se mantenía el latín en algunas partes de la misa, pero la reforma litúrgica postconciliar habría abolido todas sus huellas en el uso común. Así, mientras que hace 50 años los prelados de todo el mundo lograban entenderse hablando el idioma del César y los fieles mantenían un contacto cotidiano semanal con él, hoy en la Iglesia el latín no goza de buena salud; y son muchos ámbitos laicos los que muestran interés para promover esta iniciativa.
De cualquier forma, en el Vaticano siguen trabajando los estudiosos que proponen neologismos para traducir las encíclicas papales y los documentos oficiales. Un trabajo bastante arduo fue la traducción al latín de la última encíclica de Benedicto XVI, la “Caritas in veritate” (julio 2009), dedicada a las emergencias sociales y a la crisis económico financiera. Algunas decisiones de los latinistas de la Santa Sede fueron criticadas por “La Civiltà Cattolica”, la prestigiosa revista de los jesuitas, que consideró discutibles las traducciones de algunos terminos, como «delocalizatio», «anticonceptio» o «sterilizatio», pero que también apreció las traducciones «plenior libertas» para liberalización y «fanaticus furor» para fanatismo. Entre las curiosidades, las expresiones «fontes alterius generis» para traducir fuentes alternativas y «fontes energiae qui non renovantur» para los recursos energéticos no renovables.
La decisión del Papa de instituir una nueva Pontificia Academia es una señal muy significativa, de constante atención. «El latín educa para estimar las cosas bellas –explica Nicolini, que difundió en las escuelas secundarias italianas 10 mil copias de un opúsculo gratuito de introducción a la lengua latina y que está difundiendo el llamado para que vuelva a circular entre las materias escolares– y también nos educa para dar importancia a nuestras raíces».
Entre los que se ocupan de renovar el léxico latino para poder comunicar en nuestros días usando la lengua de Virgilio se euncuentra don Roberto Spataro, de 47 años, profesor de Literatura cristiana antigua y secretario del Pontificium Institutum Altioris Latinitatis, que instituyó Pablo VI en la actual Universidad Pontificia Salesiana de Roma. «¿Cómo traduciría “cuervo”? Me esperaba esta pregunta... Bueno... diría: “Domesticus delator” o “intestinus proditor”», responde el sacerdote. También explica cómo nacen los neologismos latinos: «Existen dos corrientes de pensamiento. La primera, que se podría definir “anglosajona”, considera que antes de crear un neologismo para traducir palabras modernas hay que buscar entre todo lo que se escribió en latín a lo largo de los siglos, y no solo en latín clásico. La otra corriente, que por comodidad definiré “latina”, considera que podemos ser más libres al crear una circunlocución que transmita bien la idea y el significado de la palabra moderna, pero manteniendo el sabor del latín clásico ciceroniano».
Spataro pertenece a la segunda corriente e invita a «hojear la última edición del “Lexicon recentis latinitatis”, editado por don Cleto Pavanetto, excelente latinista salesiano, y que fue publicado en 2003, con más de 15.000 vocablos modernos traducidos al latín». Por ejemplo, fotocopia se traduce como “exemplar luce expressum”, billete se convierte en “charta nummária”, básket-ball “follis canistrīque ludus”, best-seller es “liber máxime divénditus”, los pantalones de mezclilla son “bracae línteae caerúleae” y un gol es “retis violátio”. Los “hot pants” se convierten en “brevíssimae bracae femíneae”, el IVA se traduce como “fiscāle prétii additamentum”, la “mountain bike” es “bírota montāna”, el paracaídas es “umbrella descensória”. En el “Lexicon” faltan las referencias a la red. «Efectivamente, no las hay –explica don Spataro–, pero en los últimos nueve años entre los que escriben y hablan en latín se han acuñado nuevas expresiones. Así, internet es “inter rete” y la dirección de correo electrónico, “inscriptio cursus electronici”».
ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO
Fuente: Vatican Insider
 

 
   
 
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